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La plenitud del silencio

Estando en clase hace unos días, me llamó la atención la frase de un famoso experto, de apellido Fromm, quien dijo allá por 1974: “No deseamos percibir nuestra propia realidad interna, porque nadie quiere cambiar. Uno quiere ser como es, y para ello debe huir”.


Me he dado cuenta de que nuestra generación huye, huimos de los problemas, huimos de nosotros mismos; huimos del silencio.


Sucede lo mismo que cuando nos encontramos aburridos; hacemos de todo para evitar sentirnos así ¿Por qué simplemente no dejamos de pensar y nos concentramos en solo ser y existir? ¿Qué tiene tan deleitante el mundo externo que nos seduce? Nos parece más esplendoroso perdernos en las comisuras del delirio que perdernos en las venturanzas de nuestra parte íntima, de perdernos en todas esas grietas que nos conforman, ¿Por qué nos asusta el saber que quizás estamos rotos? Nos avergüenza demasiado mostrarnos vulnerables que preferimos construir una armadura gigante, una armadura tan gruesa que olvidamos de dónde venimos y quiénes somos; y cuando tenemos la oportunidad de mirar a más allá de un simple caparazón elegimos huir hacía los brazos de este mundo moderno, un mundo que fragmenta, un mundo que corrompe.


Foto de David Garrido para Unsplash



Pensamos que quizás estamos mejor aquí afuera, con las cortinas cerradas hacía nuestro interior.

Pero si de algo estoy segura es que todo lo que deseamos encontrar, está en nosotros mismos. ¿De verdad tanto nos cuesta detenernos, o más bien es el miedo el que nos detiene a no conocernos lo suficiente? Definitivamente es el miedo el que habla por medio de nosotros, el que decide ponerse máscara tras máscara con tal de no mostrar al mundo externo nuestro lado vulnerable, nuestro lado real, nuestro lado humano.


Nos pasamos la vida buscando respuestas, hurgando en los lugares equivocados, y sin querer alejándonos de las mismas. Nos hemos desplomado al sentirnos decepcionados, al pensar que hemos fallado en la búsqueda de todas aquellas preguntas que han estado naufragantes en cada espacio de nuestro ser, sin embargo, no hemos fallado, es solo que hemos decidido cegarnos cuando las respuestas pueden rozar hasta las puntas de nuestras extremidades, no sabemos mirar lo que indiscutiblemente ahí está.


Nos hemos vistos envueltos o quizás abrumados en un mundo en donde el miedo, la rutina, la rapidez, la falta de espiritualidad e incluso el consumismo, nos ha deformado parcialmente, es decir; nos ha llevado al grado de sentimos fragmentados, endebles, hechos añicos.


Imploramos que el mundo pare y se detenga, imploramos que el ruido cese, cuando los que debemos detenernos somos nosotros, esperamos un cambio del exterior cuando lo único que debemos hacer es ir es a nuestro interior. Y es en este punto donde me doy cuenta: no hay diferencia en una persona que sale y se pierde en la bebida, o alguien que consume el cigarro en exceso, o quizás en aquella chica que siempre está escuchando música, o viendo series, o el chico que la pasa perdido en los videojuegos. Son contextos diferentes, sin embargo, todos tienen una cosa en común; hacen de todo para evadir un encuentro con ellos mismos.


Y es que el silencio por más taciturno que parezca, puede revelarnos cosas de las que quizás no estemos listos para ser conscientes, quizás nos aterra lo desconocido, y es totalmente comprensible; hacer consciente lo inconsciente implica que te muevan de tu centro, implica cambio; a todos nos asusta lo desconocido, pero considero que es de vital importancia romper algunos esquemas para renacer sin cadenas. ¡Atrevámonos a explorar nuestro interior, atrevámonos a hacer silencio, atrevámonos a tener miedo y a hacer las cosas, quizás con miedo, pero hacerlas!

No podemos caminar por la vida sin saber por qué lo hacemos, no podemos hacer y deshacer sin encontrar el motivo que nos mueve, simplemente no podemos sentir y pensar sin conocer el origen, cuestionemos cada pensamiento, cada palabra, cada acción, cada gusto, no seamos una pieza más del tablero, no esperemos que los demás cultiven en nosotros ideologías y motivaciones, tengamos nuestro propio ideal, nuestra propia forma de pensar y lo que es aún mejor; no permanezcamos en las ramas, vayamos por más, vayamos hacía las raíces.


Si entendemos nuestro comienzo lograremos entender nuestro presente, no esperemos que el mundo pare para poder hacerlo, porque el mundo por si solo jamás dejará de girar. Mejor detengámonos nosotros por un segundo, y miremos todo aquello que con los ojos no percibimos, hagamos un respiro y descansemos, alejémonos de los brazos de este mundo y sumerjámonos en nuestro propio universo.


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